Jesús Llevó Nuestro Dolor
- Ivette Santiago
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“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.” - Isaías 53:4, RV60
¿Y si el dolor que sientes hoy es el comienzo de la sanidad que has estado buscando?
Hay preguntas que atraviesan los siglos con la misma fuerza con la que fueron pronunciadas. Isaías abre su cántico del Siervo sufriente con una de ellas: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?”. No es solo una pregunta retórica; es una invitación a detenernos, a examinar el corazón, a mirar de frente el misterio del amor de Dios revelado en un Mesías que no vino con esplendor, sino como “un retoño en tierra seca”.
Podemos expresar con una belleza que toca lo profundo: “No hubo en Él belleza alguna, ni atractivo terrenal; más llevó sobre Sus hombros nuestro peso eternal.”
Ese es el centro del Evangelio: un Rey sin apariencia de rey, un Salvador que abraza el dolor que no era suyo, un Siervo que carga la culpa que no cometió.
El Siervo que tomó nuestro lugar
Isaías 53 nos confronta con una verdad que no podemos suavizar: éramos nosotros los que nos habíamos descarriado. Cada uno tomó su propio camino, cada uno siguió su propio deseo, cada uno se alejó de la voz del Pastor. Pero el Padre, en un acto de amor incomprensible, hizo caer sobre Él “el pecado de todos nosotros”.
Podemos decir con fidelidad bíblica:
“Como ovejas descarriadas cada uno se apartó; más el Padre hizo caer el pecado en el Señor.”
No fue un accidente. No fue una tragedia sin propósito. Fue una entrega voluntaria, silenciosa, obediente. “Fue oprimido y afligido, sin abrir Su corazón.” El Cordero no protestó. No se defendió. No retrocedió. Él sabía que su silencio sería nuestra salvación.
La justicia que brota de la entrega
Isaías declara que en Su muerte hubo justicia. No la justicia humana, limitada y frágil, sino la justicia divina que restaura, limpia y reconcilia. También podemos expresar con una claridad poderosa:
“En Su muerte hubo justicia, en Su entrega salvación; con los malos fue contado, más sin culpa ni traición.”
Cristo no solo murió; dio fruto. El profeta dice que vería el resultado de su aflicción y quedaría satisfecho. ¿Y cuál es ese fruto? Tú y yo. Los que estábamos sin consuelo y sin perdón. Los que hoy podemos vivir por Su gracia y Su eterno amor.
Sanidad que toca cuerpo, alma y espíritu
La frase—“Por Su llaga somos sanos”— no es un eslogan espiritual. Es una declaración profética, una promesa cumplida, una realidad que sigue transformando vidas.
Sanidad no siempre significa ausencia de dolor. A veces significa esperanza en medio de él. A veces significa paz en la tormenta. A veces significa perdón donde había culpa, restauración donde había ruina, vida donde había muerte.
La sangre que redime no solo limpia: renueva. La cruz que salva no solo perdona: transforma.
Un Rey que resucita y reina
Podemos proclamar con fuerza:
“Jesucristo, Siervo justo, Rey de vida y resurrección.”
El Siervo sufriente se convirtió en el Rey victorioso. El Cordero inmolado es ahora el León que reina. El que fue contado entre los pecadores ahora intercede por ellos. El que llevó nuestro castigo ahora nos viste de justicia.
Entonces… si por Su llaga somos sanos, ¿qué área de tu vida necesitas rendir hoy para que Él la restaure?
Himno:
Por Su Llaga Somos Sanos | The Like Butterflies Movement


